Como puedes ver por la luz de mi ventana parece que las aguas definitivamente se abrirán en dos, y que ya nadie podrá pescar en la mitad, deberán apartarse a las aguas de los peces sin escamas o a aquellas de los peces de riguroso uniforme azul.
Ya ves, justo fue ayer cuando no pensaba en nada de esto, acurrucado en mi agujero, con mis papeles y mi crispación improductiva, y hoy ya solo hay fuego en la mitad, aunque quisiera unir las aguas recién separadas ya solo hay diques de hormigón armado de incomprensión, que sostienen las aguas ya por siempre jamás.
Una a una he llamado a las grietas del mundo y del universo, pero aún son pocas para tanta pared fría y altiva.
Las aguas que otrora tendían a unirse en la paz de lo horizontal ahora son presas de sus sedimentos de estupidez, formando no más que diques rígidos.
Uno a uno he avisado a los átomos que unen la pared, y no más saben de asquerosas leyes universales, universales en su nimio horizonte de estructuración, en su egoísta microscopía.
Hablé con la Madre Naturaleza para que delatara con epicentros allí donde ya mucho antes hubo terremotos de canallas disfrazados, y un existencialismo barato entendí por respuesta.
Grité al Dios verdadero y me contestó con Verborrea Politeísta.
Llamé a las Madres del mundo para que el sufrimiento de su alumbramiento no fuera nunca más transmitido a otras generaciones, pero miles de neonatos aguardan ya con su resentimiento congénito a los años venideros.
Poco antes de salir corriendo hacia donde el mundo no fuera redondo, un hombre arrugado no dejaba de reírse de la Pared que iba envolviéndolo todo.
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