
Es el oído que escucha el sentir de mi víscera latente, mientras descansa tu cabeza sobre mi pecho despojado, lo que hace que broten líquidos internos que sedan la actividad cerebral que odia, opina y piensa.
El cosmos distorsionado de mi cuerpo engarza a la perfección con lo que en realidad debiera ser no más que figura ambulante de genética heredera y canalla.
Cabeza, tronco y extremidades; descripciones rudimentarias del ser humano y otras generalidades absurdas estallan en mil segmentos,
¡Daría tanto igual que mi ombligo se desintegrara por fin en la nada de la bóveda negra carcelera, tan solo si se mantiene unido tu esférico miembro pensante sobre mi pecho! ,
Es ese oído que oye sesenta veces por minuto el sistólico intento del cuerpo por vencer a la muerte, lo que logra que cobre sentido el vórtice antihorario en los sumideros públicos de blanco-esmaltado.
Es el oído que siente el latir autómata del mecanismo vital de nuestros cuerpos, lo que explica por qué el organismo se levanta en las cuatro dimensiones del desconocimiento coordenado.

La luz.
Decae sigmoidea la concentración de sustratos funcionales en sangre: La oscuridad.
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