miércoles, 6 de diciembre de 2006

Mentiras Viscerales

Este sábado a la mañana, justo después de desperezarme varias veces, asearme y bostezar en dos ocasiones, me asomé a la ventana del salón, contemplando uno de esos nítidos cielos azules de invierno que absorben la mirada.

Más abajo en las entrañas de la ciudad, las personas que caminaban por las calles, moviéndose como hormiguitas hacia quién sabe dónde, no paraban de estallar en vísceras roji-parduzcas que ensuciaban todo el acerado público,
y por si alguien pensaba en otra cosa, hoy era un día alegre, gozoso, de hermoso sinsentido cruel.

La gente por fin decidió romperse en verdad, desintegrándose en cientos de mentiras viscerales.
Rápidamente bebí el último sorbo del café calentito y humeante que aguantaba con mis manos, y corrí a seguir el ejemplo de las masas alborotadas,
bajé apresuradamente las escaleras, llené mis pulmones de aire limpio y sincero, aguanté con insistencia la respiración, e hice fuerzas con los puños cerrados hasta detonar mi cuerpo en pedazos de vísceras repugnantes.
No muy tarde del todo, se descubrió que el color carne encierra muchas mentiras en sus entrañas.

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